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El argentino vuelve mañana y el miércoles a la Zavala Muniz. En Amar, temer, partir, su nuevo disco, insiste con la instalación de una discusión seria y sin concesiones sobre el tema más importante que atañe al ser humano: el amor.

Dejar grandes incógnitas que den lugar a la discusión. Esa suele ser la intención -y generalmente, el efecto- de los trabajos de Gabo Ferro. Su cuarto disco lleva la misma premisa.

Con el mismo rigor con que el argentino abordó su libro (Barbarie y Civilización. Sangre, monstruos y vampiros durante el segundo gobierno de Rosas, que hoy será presentado en la Sala), también increpa al amor liviano y posmoderno con frontalidad. «Yo escribo para pares. Para gente que es libre. Y por libres, angustiados. Para chicos a los que les pasa lo mismo que me pasa a mí», explica. «Y escribo para producir un cambio, trabajo para la militancia».

En la conversación, entonces, no sorprende que se cuele una y otra vez el libro, ya las intenciones son similares: «Representa mucho que un libro así esté editado. Me parece que es un gesto que va más allá de mí como autor. Que haya sido editado luego de que el `tema Rosas` fuera clausurado en los años noventa porque para algunos historiadores no existía ningún papel nuevo. Textual de ellos. Y yo pienso que cuando se clausura un tema, se clausura su problemática. Y me llamaba mucho la atención que en una época como los años noventa se cerrara un tema que ponía en debate nuestra, nuestra identidad como bonaerenses y sobre todo el ingreso de las grandes masas a la actividad política moderna. Porque el contexto histórico nos define como personas, no se trata de definir si yo soy rosista o antirrosista. Me considero una terminal de mi propia vida y de mi civilización, desde el logos griego hasta acá. Por eso hice la carrera de historia, para tratar de entender lo que me pasa».

¿Por qué hay canciones que un hombre no debería cantar? ¿Hacia dónde estamos yendo a pensar en tener un disco cada dos años para pasar por MTV? ¿Por qué el amor posmoderno es tan liviano y poco comprometido y al amor «serio» se lo mira con ojos pacatos? Apenas algunas de las puntas que Gabo ha tirado como anzuelos para la discusión en sus tres discos anteriores, pequeños ensayos sin bajada de línea. Estimulantes para una discusión para la que Gabo pone a disposición su propia experiencia, en lo que él llama un «disco ejercicio».

Mostrándose al desnudo en las canciones de Amar, temer, partir, retrata con un registro amplio y potente que conmueve hasta la médula el proceso de una ruptura de pareja -la suya- en forma cronológica.

Sobre el nombre del trabajo, Gabo tiene algo para contar: «Estuve investigando sobre cómo se aprendía el lenguaje. Y descubrí que en Argentina, la pedagogía y el currículum que se había seleccionado para conformar la educación del ciudadano argentino, allá por 1870, 1880, se elige la gramática de Nebrija. Lo que intenta es enseñar a leer y escribir, y luego a la conjugación de verbos regulares. Entonces, los verbos modelos son «Amar, temer, partir». Se aplica hoy, en las escuelas. Entonces te imaginás a un montón de chiquitos y chiquitas que dicen `yo amo, yo temo, yo parto, tú amas, tú temes, tú partes` y decís `¡no, ojo!` Porque ahí se está generando una traba que en el comportamiento se va a plasmar en algún momento. Habría que cambiarlo y que los verbos fueran «cantar, comer… ¡parir! Algo un poco más amigable para la vida futura».

El disco, además, está grabado en vivo y sin retoques. Nada de asignaturas pendientes, sino de un ánimo documental: «Hice un demo en el estudio pero me parecía que le faltaba. Con la banda tampoco me salió. Y al final me di cuenta de que esto era como contarle algo a un amigo en un bar: «che, loco, me pasó tal cosa». Tenía dos conciertos programados, y en uno de ellos le dije a la gente: `tengo doce canciones nuevas ¿quieren escucharlas?` Si me decían que no, tenía otro set. Pero me dijeron que sí. Y eso fue directo al disco, sin retoque ninguno. No lo quería ni masterizar. Yo trabajo para dejar registros históricos, no discos del año. Yo quiero documentar cómo es y lo que le pasa un hombre viviendo en el Río de La Plata en este momento».

Dejar grandes incógnitas que den lugar a la discusión. Esa suele ser la intención -y generalmente, el efecto- de los trabajos de Gabo Ferro. Su cuarto disco lleva la misma premisa.

Con el mismo rigor con que el argentino abordó su libro (Barbarie y Civilización. Sangre, monstruos y vampiros durante el segundo gobierno de Rosas, que hoy será presentado en la Sala), también increpa al amor liviano y posmoderno con frontalidad. «Yo escribo para pares. Para gente que es libre. Y por libres, angustiados. Para chicos a los que les pasa lo mismo que me pasa a mí», explica. «Y escribo para producir un cambio, trabajo para la militancia».

En la conversación, entonces, no sorprende que se cuele una y otra vez el libro, ya las intenciones son similares: «Representa mucho que un libro así esté editado. Me parece que es un gesto que va más allá de mí como autor. Que haya sido editado luego de que el `tema Rosas` fuera clausurado en los años noventa porque para algunos historiadores no existía ningún papel nuevo. Textual de ellos. Y yo pienso que cuando se clausura un tema, se clausura su problemática. Y me llamaba mucho la atención que en una época como los años noventa se cerrara un tema que ponía en debate nuestra, nuestra identidad como bonaerenses y sobre todo el ingreso de las grandes masas a la actividad política moderna. Porque el contexto histórico nos define como personas, no se trata de definir si yo soy rosista o antirrosista. Me considero una terminal de mi propia vida y de mi civilización, desde el logos griego hasta acá. Por eso hice la carrera de historia, para tratar de entender lo que me pasa».

¿Por qué hay canciones que un hombre no debería cantar? ¿Hacia dónde estamos yendo a pensar en tener un disco cada dos años para pasar por MTV? ¿Por qué el amor posmoderno es tan liviano y poco comprometido y al amor «serio» se lo mira con ojos pacatos? Apenas algunas de las puntas que Gabo ha tirado como anzuelos para la discusión en sus tres discos anteriores, pequeños ensayos sin bajada de línea. Estimulantes para una discusión para la que Gabo pone a disposición su propia experiencia, en lo que él llama un «disco ejercicio».

Mostrándose al desnudo en las canciones de Amar, temer, partir, retrata con un registro amplio y potente que conmueve hasta la médula el proceso de una ruptura de pareja -la suya- en forma cronológica.

Sobre el nombre del trabajo, Gabo tiene algo para contar: «Estuve investigando sobre cómo se aprendía el lenguaje. Y descubrí que en Argentina, la pedagogía y el currículum que se había seleccionado para conformar la educación del ciudadano argentino, allá por 1870, 1880, se elige la gramática de Nebrija. Lo que intenta es enseñar a leer y escribir, y luego a la conjugación de verbos regulares. Entonces, los verbos modelos son «Amar, temer, partir». Se aplica hoy, en las escuelas. Entonces te imaginás a un montón de chiquitos y chiquitas que dicen `yo amo, yo temo, yo parto, tú amas, tú temes, tú partes` y decís `¡no, ojo!` Porque ahí se está generando una traba que en el comportamiento se va a plasmar en algún momento. Habría que cambiarlo y que los verbos fueran «cantar, comer… ¡parir! Algo un poco más amigable para la vida futura».

El disco, además, está grabado en vivo y sin retoques. Nada de asignaturas pendientes, sino de un ánimo documental: «Hice un demo en el estudio pero me parecía que le faltaba. Con la banda tampoco me salió. Y al final me di cuenta de que esto era como contarle algo a un amigo en un bar: «che, loco, me pasó tal cosa». Tenía dos conciertos programados, y en uno de ellos le dije a la gente: `tengo doce canciones nuevas ¿quieren escucharlas?` Si me decían que no, tenía otro set. Pero me dijeron que sí. Y eso fue directo al disco, sin retoque ninguno. No lo quería ni masterizar. Yo trabajo para dejar registros históricos, no discos del año. Yo quiero documentar cómo es y lo que le pasa un hombre viviendo en el Río de La Plata en este momento».

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