Reseña a El lapsus del jinete ciego por Fernán Cisnero para diario El País (Uruguay).

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Ahora que se superó la sorpresa inicial que provocó Gabo Ferro con su voz exótica y fervorosa, la sutileza de sus arreglos y su poética tan personal, ya es tiempo de apreciarlo por lo que realmente es: uno de los compositores más geniales de la actual música argentina.

El lapsus del jinete ciego fue grabado en vivo pero en una sala vacía —la porteña ND Ateneo— lo que le da un formato en vivo pero a la vez íntimo.

“La letra es una gran parte del todo para mí”, le dijo Ferro a La Nación. “Soy gestáltico para laburar. No me gusta decir: la botella y la describo. Me gusta dar pistas y que vos compongas una botella en tu cabeza. Que la letra sea sugerente y sobre todo lo más poética posible. Quiero generar un mundo de lo fantástico. Tenemos la cotidianidad tan vulgarizada que me interesa encontrar en lo cotidiano la fantasía. Y la canción, quién la hace y quién la escucha, se merece poesía”.

Así, por ese extraño encantamiento, los discos de Ferro pueden ser “leídos” como libros de poesía recitados por un poeta ocurrente, pasional, algo loco. Y hay una delicadeza en lo que dice y cómo lo dice (en un registro que va del susurro, al falsetto pasando por el estruendo) que es toda una intención poética.

En El lapsus del jinete ciego está claro que Ferro, aunque sigue teniendo ese aire de punk acústico que lo acompaña siempre, se permite ahondar su veta folklórica o incluso entrar en territorios más lúdicos como en el rítmico “El beso urgente”, uno de los temas que ya estaban en su repertorio que se sumaron al disco (la otra es “La silla de pensar” que sonó en la telenovela La leona).

Ferro ya tiene grandes discos (en lo personal Amar, temer, partir) pero El lapsus del jinete ciego está en esa categoría única de una gran obra de un gran artista. Ser original tiene sus riesgos pero también tiene estas recompensas.

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