Reseña sobre El lapsus del jinete ciego por Sergio Sánchez para Revista NAN.

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Un grito. Una canción o un disco también pueden ser un grito de época. Eso intenta en cada disco Gabo Ferro, uno de los músicos más inspirados y rupturistas del nuevo siglo. El lapsus del jinete ciego, su octavo disco solista —sin contar los dos en colaboración: uno con el escritor Pablo Ramos y otro con la cantora Luciana Jury—, va en esa dirección: cada vez más incómodo con los adornos, los arreglos y todo aquello que distraiga, el músico, poeta e historiador entrega catorce canciones poderosas y urgentes que le queman en las manos y en la voz. Es que fueron compuestas entre diciembre y los primeros meses del año, en un contexto de cambio de gobierno, incertidumbre y vaciamiento cultural. En principio, Ferro usó un gesto para reflejar esa situación: grabó el disco en un ND/Teatro vacío. Solo él, su guitarra y el ingeniero de sonido Alejandro Pugliese. “Cantarle a un teatro vacío no es cantar para nadie. Es cantarle a este propio vacío que no es ausencia ni es silencio nunca. Cada silla vacía es acción provocada y no construcción dada. Efecto cultural, histórico, amoroso —o contra amoroso— y político de algo o de alguien”, explica en el librito del disco. El nombre del disco es una metáfora de los tiempos políticos: un jinete ciego nos lleva hacia el abismo. Otra vez aparece en su obra la tensión entre cultura y naturaleza. Según Ferro, la naturaleza —el caballo, en este caso— es la esperanza de la supervivencia. El animal no se arrojará al vacío. ¿Y nosotros?

La primera canción que se dio a conocer fue “El beso urgente”, una especie de banda sonora de los despidos masivos en el campo de la cultura. “Entre tanto grito y dolor yo te necesito/ Necesito que digas que aún tengo mi trabajo, para poder pararme en mis pies/ Para poder desahogarme, mi amor, por favor dame un beso”, canta con su voz siempre expresiva y asexuada. “La bestia se soltó (…) Que cuando nos anclen la noche nos vamos a abrazar de luz a luz/ Su furia descampa, amaina la trampa, con cuánta claridad se ve su oscuridad”, entona Ferro en “La silla de pensar”, mientras se acompaña apenas por su guitarra, cada vez con más austeridad y más aliado con el silencio. No es un disco fácil de digerir, por suerte. Es directo, pero va creciendo a medida que se suceden las escuchas. Aparecen guiños (con su material anterior, por ejemplo), sutilezas, palabras ambiguas. Vuelve a desafiar y preguntarse sobre el amor en “Puesto a germinar” (“No estoy para el romance esta vez, solo estoy para el amor”) y en “Ya nunca hasta la suerte” (“Para qué toda esa ropa que te vas a guardar / Cuántos inviernos pretendes abrigar, si el frío está conmigo”), el tiempo y la memoria (“Que si el pasado es un campo, yo voy a ararlo”, en “Que si el pasado es un campo”), la incertidumbre individual y colectiva (“La peor suerte”). En fin, Gabo Ferro. /Sergio_Sánchez.doc

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