Reseña a El lapsus del jinete ciego por Mariano del Mazo para revista Acción.

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Si uno despliega en una mesa la producción de Gabo Ferro a partir de su renacimiento pos Porco en 2005 –casi 10 años  de discos, libros de poesía y de ensayo, óperas, dos tesis sobre  historia argentina– podrá tener un panorama apabullante de ésta, su década ganada. Es una obra de un vigor insondable, hecha de materiales sólidos. Gabo está siempre indagando los mismos asuntos: la borrosa diferencia del género masculino y el femenino, la distancia entre realidad y fantasías, los fantasmas, el deseo, el desamor. El lenguaje parte de la poesía y llega a bordes donde la canción cae en la performance. El pulido del estilo juglaresco –la guitarra y una voz que es un instrumento que va del énfasis al susurro, del falsete a los graves– se escucha cada vez más como folclore enrevesado. Grabado en vivo en un teatro vacío –otra decisión estética, que convoca a preguntas como «¿Qué vacía una silla? ¿Quién? ¿Quién no está sentado, ahí, en el asiento de un tren, de un micro o en la butaca de un teatro?»–, El lapsus del jinete ciego es de masticación lenta. Solo así se pueden absorber versos como «Para quién son esos ojos que no son para mí/ Esos dos ojos que se esquivan de mí, ya no son/ ¿Qué tenés para mí? ¿Un ya no quiero, alguna bruma, esa voz cristalizarme en esta nieve de vos, un marchitarse? /A Dios se le ocurrió ensayarnos».  La vara que Ferro le impone a sus oyentes es alta: obliga, chucea, interroga, exige.

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