img093 img094GABO FERRO PRESENTA AMAR, TEMER, PARTIR

“Predico la tolerancia, hasta que no se puede más”

Este hombre menudo y flaco por fuera, pero áspero y de pronto algo violento por dentro, dice: “Las canciones que escuchás te ponen en un sitio político, en un lugar de clase”.

De no pasarla bien también salen canciones, seguro que más, en cantidad y hondura. Gabo Ferro, para quien no lo tiene, es menudo y flaco. Tiene una mirada de paz y, se nota a primer ojo, cree en la palabra y el entendimiento como el mejor medio para resolver conflictos humanos. Así, hasta un punto. “Yo no sabía que sabía pegar, romper o abollar; de pronto me descubrí y me fue bien: ahora hago boxeo y todo vale”, sorprende el joven juglar, de espaldas a uno de los ventanales del bar La Academia. Hay que escuchar su último disco para entender mejor. Las doce canciones de Amar, temer, partir descorren el velo de un desamor sangrante, áspero y violento. Lo muestran hecho música, puro y frontal, en una de esas situaciones que a nadie le gusta vivir.

“Soy una persona que predica la tolerancia hasta que no se puede más, y cuando no se pudo más, pegué, rompí una casa entera, abollé un coche completo y después pedí que me dejaran. Al volver, mis amigos me recibieron con una comida y me dijeron: ‘Por fin, los santos en el cielo, loco’. La obscenidad de la realidad fue tal que yo mismo fui el primer sorprendido en la destreza de pegar”, sigue.

–Pappo, ni la sombra…

–Sin duda, no creo que se hubiera metido con un auto (se ríe).

Literalmente, Gabo escupió las canciones en cuatro semanas con el cuchillo entre los dientes. Configuran un todo o nada testimonial, pleno de dicotomías morales: lo sano frente a lo podrido; lo sucio frente a lo limpio; el bien contra el mal; recuerdo y olvido, cielo y suelo, noche y día, resueltos en un decir poético, a guitarra pelada: “No somos nada, nada / nada más que nuestra mirada”. Dice él: “La cosa fue coser doce momentos, cuyo hilo es este pequeño concepto de Amar, temer, partir. Me puse a pensar por qué se enseñan los verbos con esos tres. Mierda, claro: el psicoanálisis viene después como para advertir ‘eh, saquen esos verbos, porque la palabra es importante para la formación de nuestras cabezas’. A veces coso y no quiero que se note, pero esta vez sí. ¿Todas las historias tienen que terminar así?”.

Ferro usó el disco con el noble fin de grabar las canciones inéditas directamente en vivo. Fue durante los recitales de fines de marzo en el Centro Cultural Caras y Caretas, y todo tiene un sentido. Una reflexión: “En vivo quiere decir ‘sin los filtros que puede haber para embellecer un poco la cosa’. Desde esta pequeña trinchera que ocupo le quiero devolver al vivo la importancia que alguna vez tuvo para el jazz y el rock, y no lo que es hoy: algo para cerrar un contrato con una discográfica, o para hacer igual cuando a alguien no se le ocurre nada. Yo creo que eso subvaluó el formato”.

–Una forma de retomar los ’60…

–Figuras a las que yo pretendo asociarme por actitud. Otra cosa que hizo la industria con el formato fue simular. Ni mi abuela, a esta altura, cree que los aplausos del vivo son de ese momento, reales. Todo eso es una ficción, por eso a mí me gusta grabar los discos de una manera que llamo documental: cantar y tocar todo en vivo, acercarlo más a la verdad en vez de hacer algo súper producido. Además es un encuentro lindísimo, porque la gente que me viene a ver no está pensando si se va a comer una de jamón o una de muzzarella.

La nueva exposición, ya con el disco circulando, será éste jueves en el ND/Ateneo y Gabo habla de dos partes: una, el disco mismo; y otra compuesta por canciones de sus tres trabajos (Canciones que un hombre no debería cantar, Todo lo sólido se desvanece en el aire, Mañana no debe seguir siendo esto) con guitarras, cuerdas y batería. “Es un disco muy fuerte que ojalá deje de tocar pronto –continúa–. No hubo lugar para la ‘belleza’ sino para la estética de la tragedia, sin arreglos de piano como en el disco anterior, ni arreglos de cuerdas. Bueno, pero ahora estarán ambas situaciones, aunque el compromiso es la canción y que no se lea como novedad: lo que yo hago es uno de los chistes más viejos de la canción. Un autor en primera persona que cuenta su propia historia y trata de hacerlo lo más bellamente posible. Pero, claro, el estado de la cuestión es bastante penoso y por eso se lee lo mío como una novedad.”

–Estado de la cuestión: te saltó el Gabo historiador.

–Totalmente. Lo mío ni siquiera es una postura, es lo que me sale. Hay un compromiso, porque no puede dar lo mismo hacer esto que otra cosa; no da lo mismo escuchar a uno u otro autor, te coloca en un sitio frente al otro. Las canciones que escuchás siempre te ponen en un sitio político, cultural, de clase.

–¿Por qué el fuego ocupa un lugar central en el disco? Está en las letras, la tapa es vos y tu guitarra entre llamas…

–Tiene que ver con la pureza… y como el fuego purifica, lo que está puro no lo jode. A mi guitarra y a mí el fuego no nos chamusca, eso es lo que grafica la tapa. Yo creo que es un disco-ejercicio. Pasé por un divorcio y la cuestión era aprovechar eso y registrar en canciones cada vez que me sintiera diferente, sobre lo que saliera. Esas son las doce estaciones del vía crucis, como jodo a veces.

–Más un canto furioso, como si fueras a partirte en el medio de cada canción.

–No yo, pero sí la guitarra. En el medio del show, se le partió el puente (ríe). Es cierto: lo que les falta a los discos es humanidad, mostrar iras, llantos, desafinaciones, algo como nosotros mismos tenemos, perder el tempo. ¿Por qué no debe estar en un disco esto? Traté de que la paleta de mi sufrimiento estuviera expuesta: la bronca, el llanto, el silencio, como contándole a un amigo: “Che, mirá lo que me pasó”.

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