La primera noche del fantasma, el trabajo discográfico de reciente edición de Gabo Ferro lo confirma en el lugar de privilegio que ya tiene en el panorama musical de la Argentina.

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Hay una saludable y previsible imprevisibilidad en la obra musical de Gabo Ferro. Esto se debe a que este cantante, compositor, intérprete, poeta e historiador le pone su sello absolutamente personal a cada uno de los proyectos que encara y, por este motivo, cada disco nuevo que edita guarda una relación estética con el anterior pero, a su vez, se “siente” diferente. Este fenómeno se plasma nuevamente en La primera noche del fantasma, su nuevo trabajo discográfico, que comienza a interpelar a quien lo aborda desde el arte de tapa mismo: una impactante figura de mujer de la pintura “Mi vida es un tango”, de Marcia Schvartz.Y, precisamente, si hay algo que Ferro logra con su música es interpelar a quien se acerca a su obra. Lo consigue por medio de una inusual expresividad a la hora de cantar los versos de sus canciones, en las que hilvana de manera artesanal las palabras creando una trama con la que atrapa al oyente. Poseedor de una poco habitual manera de cantar, enmarca su voz con una instrumentación minimalista en la que las guitarras acústicas, el piano y alguna percusión incidental ofrecen la coloratura perfecta para sus composiciones. El comienzo del disco, con “Siempre”, un tema con estructura folk en el que su letra evidencia cierto descorazonamiento con imágenes como “una cinta negra en el vestido de una niña sola en el salón” o “un sombrero sin traje ni brillo que nunca podrás volver a usar”, encuentra un espacio de remanso en “No te alcanza”, la canción que le sucede. En ésta se plantea la insatisfacción que en la regularidad de la repetición al infinito se acerca al mito de Sísifo. La alegre melodía de “Un eco, un gesto, una señal” propone una mirada sobre las virtudes del recuerdo y del olvido. Las diferentes sensaciones expresadas en las melancólicas “Como un motivo” o “Detenido y andando”, chocan con la inusual potencia rockera de “La cama”, en la que propone “entregate al poema que vas a florecer”.”Fin de fiesta”, una pieza apenas susurrada “a capella” por Ferro desemboca en “El tabú del agua”, con el comienzo de un piano que elabora una secuencia melódica que va ganando intensidad a medida que se suma el Tropi Ensamble (Sebastián Gangi en piano y arreglos, Sebastián Tellado en flauta, Constancia Moroni en clarinete, Florencia Ciaffone en violín, Alejandro Becerra en cello, Manuel Moreno en guitarra y Juan Denari en percusión) y la propia voz de Ferro, en un crescendo que se suma a la potencia del significado de la letra (“Vamos que viene la noche y que se va el sol”).”Pequeña luz al atardecer” ofrece un clima sombrío y otoñal, “Lo que no se puede decir” retoma un dinamismo rítmico folk, mientras que “A quien” establece nuevamente un escenario íntimo, al preguntar “a quien le hace mejor que yo te quiera, ¿a mí o a vos?” La pregunta queda sin respuesta con la última nota de la guitarra. “El ojo del cazador” aborda temas como la alegría, la felicidad, la oscuridad, la tempestad o la revolución y deja para el final del álbum otro momento íntimo y melancólico en “Volver a volver”. Con once discos en su haber, Gabo Ferro continúa explorando los sentimientos más profundos del ser humano. Lo hace por medio de sus canciones, descarnadas por momentos y sensibles en otros. Con estas radiografías del alma exorciza miedos, pareceres y tabúes como muy pocos consiguen hacerlo. «

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