Entrevista a Gabo sobre El lapsus del jinete ciego por Pedro Irigoyen para Clarín Extra Show.

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Gabo Ferro: “Soy un cultor de lo efímero”

Entrevista
Granadero, actor, poeta, historiador, cantante harcore y también melódico popular, son los rostros que le devuelve el espejo a los 50 años. Grabó su nuevo disco, El lapsus del jinete ciego, en un teatro vacío, como forma de cantarle a la ausencia. El sábado lo presenta.

Pedro Irigoyen

Para la foto que ilustra esta nota, Gabo Ferro juega a verse en una de las puertas espejadas de la multinacional que edita su nuevo disco: El lapsus del jinete ciego. Estira las manos y no se alcanza. ¿Qué le devuelve el espejo? “Más allá del juego, era el mito de Narciso. No es uno mismo, es la imagen de uno. Lo interesante es que Narciso es tragado por la ficción, por esa imagen que se refleja en el agua del cinismo. No deja de ser como la serpiente que se come la cola. La imagen que te traga. En este contexto, ¿cómo el reflejo puede tragarnos y comerse la forma? Bueno, soy un tipo grande. No me inventó nadie. Los diseños que hago de la circulación de mi trabajo es mucho más por dónde no, que por dónde sí”. El canta-actor, como lo definió con justicia el periodista Pablo Schanton, se interpela a sí mismo hoy, que su música suena en la televisión, en el cine y en la radio, así como sonará también este sábado en el ND/Teatro. El mismo teatro en el que esos versos y sus melodías fueron grabados, con las butacas vacías, pero no ausentes.

Hasta llegar al cantante melódico y popular de hoy, han sido tantos como variados los Gabos que habitaron su cuero curtido por medio siglo de vida entregado al arte: pibe de Mataderos, granadero en el ejército, cantante harcore punk en Porco, Profesor de Historia en la Universidad o actor del under en el Parakultural, sólo por mencionar algunas de sus facetas. Atravesando todas ellas, el poeta. “Soy de los que creen en estas identidades múltiples que no son, ni más ni menos, que una sola. Y soy un gran militante del desalambrado. Sobre mí mismo, principalmente”, dice y se libera de todo prejuicio.

Allí dónde está el poder, sea la política, los medios o el dinero mismo, suele faltar el amor. La televisión es ejemplo de esto. ¿Qué sentís al escuchar tus canciones allí?

Hay dos fuerzas que nos rigen en nuestro imaginario atlántico, en la conformidad final de todo esto: el amor y la muerte. Es una o la otra la que mueve el deseo. Yo elegí el amor, porque la muerte aparece sola. Prepotentemente. Esto abarca todo mi laburo. Antes la política era el amor por lo posible hacia las necesidades de los ciudadanos. No se estaría notando. Le dediqué un disco entero al amor en 2007 (Mañana no debe seguir siendo esto). Revisé el surgimiento de este amor de hoy, devaluado o no, hacia la familia o hacia los objetos. Me fui al romanticismo clásico, y allí el amor tenía que ver con lo político. El amor a la Patria, a Dios, era la base de su estructura. Así como en este disco aparece el amor por la naturaleza, como un todo frente a un hombre pequeñito. Mentiría si dijera que una de mis intenciones es que mi trabajo derrame amor, pero sí que circule, porque contamina. No le temo a las palabras, porque el rock se fundó sobre las palabras paz y amor. ¿Dónde está eso hoy en la canción popular o en el rock? Aparecía en lo latino, tipo Arjona o eso, pero como algo deshabitado.

Hablemos sobre grabar el disco en un teatro vacío.

No me estimula el estudio. Soy un cultor de lo efímero. No me como la de que las canciones aprenden y dejan fijado algo para la historia. Todo desaparece, aunque tenga la pretensión de eternidad. Así como la fotografía o la literatura. En el estudio cantás para nadie, es un lugar quirúrgico. Quería cantar para alguien, pero que no fuera en vivo. En el teatro vacío están esas presencias por ausencia. ¿Qué hace que no estén? Le quiero cantar a esa ausencia. Hay teatros que podrían estar llenos de gente y no lo están. Entonces, sentí que cantaba para alguien. También quería revivir un sonido de discos grabados entre el ’65 y el ’75, recurriendo menos a lo digital y más a lo analógico. Con micrófonos a distancias diferentes, por ejemplo. Un disco teatral.

¿Dónde encontrás la belleza hoy?

Hay gente que encuentra belleza en lo “lindo”. De las cosas que más me interesan, una está en poner en crisis ese canon de belleza y poner en mi caja de herramientas lo que Occidente metió en el canon de lo feo. Me interesa muchísimo trabajar con eso: el grito, la desafinación, el quiebre de ritmo, la palabra que suena feo. ¿Cuántos chicos y chicas que cantan lindo hay? Infinitos. Pero cantar es otra cosa, es la diferencia entre cantante y vocalista. Un jingle de la tele está bien cantado, pero no va a modificar a nadie, salvo en sus conductas de compras. Esto tiene que ver con algo que está más allá, con el efecto que quiero buscar. Quiero que esto sea revolucionario. Que antes de que lo escuches o lo leas seas una persona, y que después seas otra. Que no puedas volver al lugar anterior. Me ha pasado infinidad de veces con la literatura, el teatro o la música. Salir conmovido, sin poder volver a tu antes. Porque querés volver a sentir ese fuego.

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