Entrevista a Gabo sobre El lapsus del jinete ciego por Joaquín Vismara para el sitio web Silencio.

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Gabo Ferro: “El rock es crisis, o al menos debería serlo”
Pasado hardcore, presente folk y el eterno debate sobre la independencia.

Con más de una decena de discos editados en poco más de una década, Gabo Ferro nunca se aferró a un plan y prefirió dejar que las cosas fluyeran. A mediados de los 90, era el vocalista de Porco, un cuarteto explosivo en clave funkcore, en donde exorcizaba demonios propios y ajenos en un tono catártico, agresivo y escatológico. Tanto le puso el cuerpo a su misión que, en la madrugada del 31 de marzo de 1997, Ferro enmudeció durante un recital de la banda en el auditorio del hotel Bauen, y tomó ese incidente como una señal. Despavorido, huyó del lugar y también de la música: dedicó los siete años siguientes a estudiar historia y ganó su lugar en el ámbito académico con una tesis doctoral destacada por el Fondo Nacional de las Artes.

Casi sin pensarlo ni proponérselo, Ferro volvió a la música en 2005 con su debut solista, Canciones que un hombre no debería cantar, un repertorio de 12 canciones compuestas en dos semanas y grabadas en un día acompañado por Ariel Minimal y Pepo Limeres, de Pez, y el percusionista Rogelio Jara. Pero lo que antes era una bola de ruido en aceleración constante, ahora se perfilaba como un cantautor rupturista de registro lírico, con un pie en el folklore y otro en los primeros solistas del rock argentino, como Litto Nebbia y Miguel Abuelo. La fórmula se construyó en los cimientos de un andamiaje que sirvió de base para una docena de discos publicados a la fecha, solo o a dúo con Flopa Lestani, Pablo Ramos y Luciana Jury.

En 2015, una seguidilla de proyectos paralelos (una ópera dirigida por Rubén Schumacher, la edición de ¡tres! libros y una participación en la primera Bienal Internacional de Performance) lo llevó a abandonar su propio régimen de publicar no menos de un disco por año, algo que no parece preocuparle. “Esto no es una competencia, sino que tiene que haber un momento que uno encuentra para la escritura de un repertorio y que genera por consecuencia un disco. No compito contra mí mismo ni contra nadie”, dice.

En el medio, una serie de casualidades llevaron su música primero a la pantalla grande en Zonda, la película de Carlos Saura, y al prime time televisivo después de la mano de La leona. Ante ese grado de exposición, Ferro buscó alguna manera de salirse de lo predecible al momento de grabar las canciones del flamante El lapsus del jinete ciego, su primer disco para una discográfica después de más de una década de independencia. Gabo usó el escenario del teatro ND/Ateneo (el mismo lugar en donde presentará el álbum este sábado 10 y también el 11 de noviembre). “A mí me interesa trabajar con el silencio, pero no como un espacio vacío o de ausencia de sonido. De alguna manera la fantasía era que ese espacio pudiera grabarse”, explica.

Todavía me siento enamorado del rock, por más que me discutan si estoy afiliado o desafiliado; son cosas que no sé ni me interesan.

¿De dónde surgió la elección de lugar?

Fue una necesidad múltiple. A mí el estudio no me gusta mucho, me parece una sala de operaciones. Todo es muy quirúrgico, se escucha mucho, y además me falta para quién canto. Para mí, es esencial tener alguien enfrente para poder agarrar y ver qué le sucede para después ver qué me sucede a mí en esa enunciación. Si bien ahí del otro lado están el técnico y el ingeniero, están en su trabajo y por lo tanto no están. El ND es un lugar en el que suelo tocar, para mí está cargadísimo. Podés decirme que no había público, pero lo que está en apariencia vacío para mí es ausente, y eso es presente por la negativa. Este es un disco que está atravesado por un espíritu de mediados de los 60 y 70, entonces me interesaba restarle en la mezcla algunas cuestiones digitales y recurrir a ciertos efectos analógicos.

¿Y cuál es ese espíritu?
Cuando tuve todo este material compuesto, me interesaba saber qué era la idea de lo comercial en esa época, y me fui a la Biblioteca Nacional a ver los charts para ver quién vendía mucho, acá y en Latinoamérica. Me sorprendí con que en el número uno estaba Atahualpa Yupanqui al lado de Raphael, Leonardo Favio, Altemar Dutra y Palito. No era el Yupanqui de “Zamba de mi esperanza”, sino el de “Los ejes de mi carreta”, que es casi Confucio en La Pampa, y no se puede entender cómo estuvo en el primer puesto. Me puse a pensar qué podría hacer para no hacer un souvenir histórico que se quede en un gesto nada más.

Buscar la equivalencia actual de ese Yupanqui en ese contexto rodeado de esa gente.

Exacto. Armé como una especie de cadáver de esa época y lo arrastré por todo el terreno de lo que fue después el folk, el rock, el prog, punk, post punk, pop, tecno y también con la mal llamada música contemporánea del siglo XX. Escribí las letras influido por ciertas partituras de piezas de John Cage que están escritas con colores, formas y dibujos. En “Devorado los perros” hay ciertas partes que están escritas con un dibujo que dice “Raphael” para cantarlo como él, pero no imitándolo sino como si fuera un pedal que modifica mi voz a través de un efecto.

Todos tus discos están trabajados desde cero, ninguno tiene sobrantes de de algo anterior. ¿De dónde viene esa necesidad?

Me resulta más estimulante que ponerme ropa vieja. Aparte, el deseo por tener nueva materia es lo que me motoriza, y creo que siempre se dio componer con un norte que sea el común a todo ese repertorio. Si traigo una canción y veo cómo la meto acá… a mí, en el disco, me va a sonar como una cosa ajena, como si fuera un simple adentro del disco.

Antes de la publicación del disco tuviste que salir a aclarar en Facebook por qué lo distribuías a través de una multinacional. ¿Por qué sentiste que había que salir a dar una explicación sobre algo así?
Esto es algo que me interesaba poner en discusión. ¿Dónde queda la independencia? ¿Cómo se ejerce? Hubo dos o tres mensajes que me hicieron salir a aclarar y poner sobre el tapete qué es lo que la gente entiende como estar dentro o fuera de un sello como éste. Uno fue de un chico que me dijo sin malicia algo en plan “Cuánto me alegro que hayas firmado con Sony. Ahora que tenés un buen pasar ojalá sigas escribiendo las hermosas canciones que hiciste siempre”. El otro mensaje decía “Gabo, estoy con cagadera desde anoche. Decime que no es verdad”, y me dio una ternura de locos ¿Qué hace que alguien esté con una cagadera porque yo estoy sacando un disco en el cual me asocio por un tiempo brevísimo con una discográfica? Yo decidí cuántos temas iba a tener, cómo se iba a llamar, cuál iba a ser la gráfica… Firmé contrato y ellos no habían ni escuchado el demo. Les podría haber entregado un pedo de 40 minutos y lo iban a tener que editar. Sé hacer discos, los vendo, los circulo, pero sé que mi distribución es pésima. Justamente, lo que a mí me interesaba era que Sony pudiera poner los discos en las disquerías y que también estuvieran disponibles a nivel digital, y libres para quien quisiera escucharlo sin tener que comprarlos.

Quizá tenga que ver con que cuando te largaste por tu cuenta eras parte de una escena de cantautores en la que la independencia no era una opción sino el único camino viable.
Era un purgatorio hacia el paraíso de un sello, en general. No conozco las historias personales, pero sí sé que hubo una pretensión de transformación de escenas y yo, que conviví lo que fue la conformación de Buenos Aires Hardcore, veía que acá no era lo mismo. Una cosa es la generación espontánea, otra la pretensión de generación. Desde hace muchos años que los sellos grandes nos vienen pidiendo participar con ellos, pero fue recién ahora que pudimos decirles “el contrato es éste y las cosas van a ser de esta manera”.

Mencionaste el BAHC. ¿Cómo llegaste de Porco a esto?

Alguna vez volví a los cassettes con los que llevaba las canciones a la sala y eran mucho más livianos que lo que hago ahora, por lejos. Lo que pasa es que si estás dentro de un proyecto en el que el vestido es un bombo en negras, una guitarra distorsionada y un bajo con slap a todo trapo, es eso, ¿qué voy a hacer? Estaba conformado ese colectivo y por eso en algún momento ese colectivo dejó de resultarme. Ahora estoy grabando un disco con Sergio Ch, los dos con guitarras españolas haciendo canciones. Si atravesás la superficie, encontrás algo del mismo tono y no es ni Natas ni Porco. Creo que eso también tiene que entrar en crisis: el alambrado entre cada cosa y por qué llama tanto la atención.

¿Y nunca tuviste la necesidad de volver a ese formato?

Me re gustaría si fuera algo como juntarse a jugar al fútbol con amigos. Pero ver mi nombre en un colectivo es algo que ya no me coparía, no por una cuestión de ego, sino por una cuestión de necesitar enunciar desde mí. Hay un lugar en un colectivo que yo entiendo que debe ser la democracia pura y hay un momento en la decisión estética en el que la democracia no corre. Donde alguien dice “acá va más fuerte la guitarra” y otro dice que no, ahí empieza. A mí me encantaría porque me estimuló entonces y me estimularía ahora pero, ¿dejar de tocar canciones con la guitarra, hacer ópera o performance? ¡Ni en pedo! Mi mejor yo y mi manera de divulgar lo que produzco todavía está conmigo y la guitarra. Igual me encanta cada vez que me sumo a algún power trío. Ahí soy feliz, hay algo en mi voz que vuelve a casa.

¿Y qué te ofrece tu búsqueda actual que no te puede dar el rock?
Últimamente siento que no sé nada de rock. Empecé a desagregar tratando de entender qué es y qué era el rock hoy, y a lo que más me abracé es que a que es una bestia que se descompone y se mira a sí misma, y queda en esa cosa que gira y se reforma… Si doy más detalles que eso, siento que hago agua, porque cuando empecé a pensar en esta cuestión del rock me daba cuenta que todo lo que creía que era propio del rock, bien podría serle propio a otros géneros y que el rock se los apropia. Todavía me siento enamorado del rock, por más que me discutan si estoy afiliado o desafiliado; son cosas que no sé ni me interesan. Por eso me interesa tanto echar baldazos de Oriente a estas estructuras tan occidentales de métrica, ritmo, melodía. Que nada suene ruidoso, que nada se desafine… Oriente te viene con toda esa libertad, toda esa estructura en apariencia tan en desarmonía. Lo que hay que hacer es que se abracen esas cosas para encontrar algo que esté por encima de todo eso.

¿Pensás que la prolijidad atenta contra la naturalidad de lo que podés llegar a lograr?

No te voy a decir que soy un enchastre, pero hay un momento en que esa consideración consciente de la prolijidad no aparece, se fue, porque ahí es “ahora a decir”. Antes del “ahora a decir”, uno sí puede decir cómo graba, qué micrófonos usa, qué dice, cómo marca. Pero cuando eso está armado, no es que te ponés a pensar “acá hago el acorde así en séptima menor”, nada me interesa menos. Sé que tengo que pegarte ahí para decirte lo que me interesa mostrarte, y la verdad que no me importa si esa séptima mayor aumentada está o no está, o corro el riesgo de desafinar o que se corra el dedo, porque hay algo que está más allá de todo eso, que es lo que a mí me interesa: el efecto.

Sacaste más de diez discos que, aun con sus matices, tienen el mismo punto de partida con guitarra y voz. ¿No le temés al riesgo de la reiteración?

Doy toda la vuelta, no es que hago la canción y digo “ah, esto va con un ritmito y a la lona”. Preproduzco las canciones con cuerdas, baterías, guitarras y bajos y empiezo a eliminar, mientras siga diciendo lo que quiero. En una entrevista me dijeron que a un tema le faltaba música… ¡Vamos, enhorabuena! Me dijeron de “Sobre la maleza”, uno de los temas del disco: “Si a esto le ponías piano, bombo y contrabajo, tenías un hit de no sé qué”. ¿Nadie piensa que a uno no le interesa hacer un hit? ¿Por qué piensan que uno tiene vocación suicida por no querer hacer hits o un disco que venda millones de copias, en caso de que éste pudiera? Eso es fácil: formás un trío que suene bien, metés canciones lindas y cantás prolijo. Pero a mí me interesa poner en crisis el canon de belleza y utilizar recursos que Occidente relaciona con el universo de lo feo. Para mí no es feo, dice de una manera que no puede decir lo bello. El año pasado versioné un tema de Horacio Guarany en Canciones prohibidas, y las redes tienen eso de que juan_28, que no sabés ni quién es, comente “no le llega ni a los talones a Guarany”. Es una dimensión tan lejana… ¿Quién quiere llegarle a los talones, si es único? ¿Por qué esa pretensión? Es lo mismo que pasa ahora cuando hay gente que dice “No hay un nuevo Spinetta, nadie escribe así”. No, pará, nadie puede ni va a poder, porque ese lugar es único.

Además de errada, es una visión bastante nostálgica.

Es que, ¿cómo se escribe después de Yupanqui? Para eso, cerremos la música. ¿Y a quién le conviene eso? Todo para que vos vengas y digas “Tengo todos los de Bowie, que nadie se mueva”. El votante tradicional, el de hogar, patria y familia, ese es el que quiere que nada se mueva. Es un gesto tan ajeno al rock… Para mí, el rock está en un punto ciego, invisibilizado, pero siento que está vivo porque su influencia me llega. Por eso no me voy a poner en ese gesto pedante de decir “No, no está pasando nada nuevo en este momento. Desde que se murió no sé quién ya no hay nada”. Hace un tiempo, vi en Nueva York a alguien cuyo nombre no recuerdo, pero era una especie de Bowie 10.0, que por supuesto no tenía ni contrato discográfico. Lo que pasa es que uno está ahí y lo máximo que hace es mover el mouse y ver todo diciendo (imposta la voz) “Oh, no hay nadie como Bowie”. ¡No, no! Seguro que hay alguien en otra dimensión así de grande. ¿Por qué esa cosa de que si yo no sé de algo, no existe? Hay una cosa tan poco rockera en no entender eso… Porque el rock es crisis, o al menos debería serlo.

Cilck acá para leer la entrevista online.

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