Reseña a El lapsus del jinete ciego por Débora Mundani para La Agenda.

*
El lapsus del jinete ciego, de Gabo Ferro (Sony Music Argentina, 2016)
De mi pasaje por la escuela primaria recuerdo algunas cosas. Una de ellas, quizás la que me dejó una marca más profunda, es la teoría de los conjuntos. Desde chicos nos entrenaban para reconocer lo que integra el conjunto, lo que queda afuera y lo que hay en común. La intersección. Qué palabra difícil para un niño. Algo en apariencia tan ingenuo como “no mezclar manzanas con El lapsus del jinete ciegoperas” cuando se incorpora como forma de reconocimiento, pone en riesgo el encuentro con el otro. Quizás por el terreno que fueron ganando otras teorías, provenientes de las ciencias sociales y no de las exactas, la de los conjuntos parece haberse desestimado pero se camufló como un camaleón. El siglo XX, y lo poco que va del XXI, abundan en ejemplos sobre lo que hemos aprendido en materia de exclusión. Exclusión que atraviesa todas las zonas del quehacer humano.

Si hay un elemento que está presente en la propuesta poética y musical de Gabo Ferro es el grito que clama por romper con el hábito del dedo índice. Ese que señala, que delimita. Que echa un cerrojo desde adentro contra la amenaza exterior. Esta idea recorre El lapsus del jinete ciego, un disco inspirado en las tradiciones musicales de fines de los ‘60 y principios de los ’70 que incluye propuestas artísticas tan variadas que, prejuicio mediante, sería imposible integrarlas: Leonardo Favio, Atahualpa Yupanqui, Altemar Dutra, Raphael, Percy Sledge, Joan Manuel Serrat, Eydie Gormé, Ginamaría Hidalgo.

Probablemente, la canción que mejor representa esta idea sea “Como la maleza”: “Hay las cosas que se esperan/ y hay las cosas que aparecen/ Como la hierba que asoma/ sin permiso de la mano/ Yo soy como la maleza/ que nadie la está esperando/ que no la arrancan por mala sino/ por lo que sabe del campo”. Porque con esa sutileza que habilita una lectura telúrica, Gabo discute con el campo académico y sus reglas de funcionamiento.

Hablar de la voz de Gabo Ferro es mucho más que hacer referencia a un registro vocal, exquisito, por cierto. Es una voz que no elude el conflicto, que lo toma, discute, escupe, muerde. Porque la voz de Gabo Ferro, hecha de sonoridad y de poesía, es corpórea. Es materia y espíritu. Su excepcionalidad radica en la interpretación. Escucharlo es habitar un espacio. Y las catorce canciones que componen El lapsus del jinete ciego nos llevan a un territorio donde se imponen el deseo y la búsqueda de la libertad como contracara de la alienación.

Click acá para leer la reseña online.

Share Button