Reseña a El lapsus del jinete ciego por Demian Orosz para diario La Voz del Interior. 

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El deseo desobediente: por qué escuchar el nuevo disco de Gabo Ferro

El último trabajo de Gabo Ferro, El lapsus del jinete ciego, fue grabado en un teatro vacío. Son 14 canciones que ratifican la libertad de un artista inclasificable. Viene a presentarlo en septiembre.

La voz huracanada, la respiración que raspa la melodía, el susurro, el gruñido o el trino que baja suavizado desde el falsete hasta dormirse sobre un acorde. Hay prodigios técnicos y hazañas vocales en los que Gabo Ferro elige no permanecer más que un instante para que la canción admita un desacomodo, un ruido, un tajo.

En El lapsus del jinete ciego, el cantautor argentino más inclasificable reunió 14 canciones que se suman a una obra que viene desbordando los géneros, las expectativas, las jerarquías musicales, y que ahora visita un sonido un tanto remoto: se fue hacia el pasado, hacia las décadas de 1960 y 1970 a buscar atmósferas, palabras y sensibilidades. Y produjo un artefacto poético que le pasa de refilón al rock, se incrusta en el folklore, va del valsecito al bolero, y de paso recoge sin culpas ni ironías la estela de los gustos populares, los discos de Ginamaría Hidalgo o las canciones de Leonardo Favio que lo mordieron de chico y se le quedaron para siempre.

Artista multifacético, mezcla de músico, actor dramático y performer, Gabo Ferro no sería quien es sin la poesía que cruza todas sus experiencias. En 2014 publicó Costurera y carpintero (La Marca editora), volumen que recopila las canciones de ocho discos, y en 2015 salió Artaud: lengua ∞ madre, libro publicado en Córdoba por Ediciones DocumentA/Escénicas que nació de un trabajo en colaboración junto con el director de teatro Emilio García Wehbi para la Bienal de Performance.

Las “letras” de El lapsus del jinete ciego se incorporan al corpus poético del artista con temáticas recurrentes como las urgencias y los huecos del amor, la palabra golpeada para que vibre con significados antagónicos, los perros, el agua que no se detiene con nada, el deseo desobediente, el campo. Sin perder momentos de refinamiento (se podría usar algún otro sinónimo de sofisticación), Gabo Ferro se muestra aquí con fuerza como un artista que atiende el llamado del monte, la aspereza, el latido salvaje.

“Yo soy como la maleza/ que nadie la está esperando”, canta en el inicio de un verso que conjuga la referencia a las malas hierbas y a la aparición de algo que no está en los planes. Algo que crece sin pedir permiso.

Hay un arte del fuera de lugar en el que Gabo Ferro insiste. Si Henry Matisse soñaba con equilibrio y tranquilidad, un arte que trabajara como “un calmante cerebral parecido a un buen sillón” en el que la mirada y la mente pudieran reposar, Gabo Ferro es el demonio inquieto que te hace entrar en la canción para que te acomodes y cuando te vas a sentar te saca la silla.

El lapsus del jinete ciego, que sigue al disco que publicó en 2014 junto a Luciana Jury (El veneno de los milagros), es su octavo trabajo solista. Fue grabado de manera original. Se trata, en verdad, de un disco de estudio sin estudio. Gabo Ferro reemplazó el set de grabación, su prolijidad, su asepsia, por un teatro vacío, para introducir en el momento de registro algo que se podría llamar ausencia. O fantasma.

“Me vuelvo a la frontera/ me vuelvo a la excepción”, aúlla en Camino a la balacera. Dicho y hecho.

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