Cómo hacerse amigo del dolor

 

En la obra que presenta esta noche en el Ateneo, el músico, poeta e historiador propone “no esquivarle a la vida, las crisis, a la tristeza”. Mientras tanto, escribe una nueva tesis histórica sobre el concepto de degeneración en la Argentina.

 

“Me hinché las pelotas de las raves”: Gabo Ferro sale con un cross directo a la mandíbula. Es una posición valiente, de trovador solitario, que no sólo va contra una moda, sino contra el ocultamiento compulsivo de lo que se siente. De un fetiche del hoy. El resto lo explica una canción. “¿Por qué no llorás un poco?”, se llama, y es una de las doce –fieles al folk rock– que pueblan Boca abajo, reciente trabajo de este poeta, historiador y músico imparable. El texto es claro y sincero: habla de las cosas que no se dicen y se convierten en flores de pantano; de abrir los ojos; de desembalar la memoria personal; de primero llorar para después, si se puede, bailar. “Básicamente, hablo de no esquivarle a la vida, a las crisis, a la tristeza…, a la historia de uno mismo. Es asumir, ver, hacerse carne con la vida para poder disfrutarla”, dice. Hacerse cargo del dolor es un ítem que sobrevuela casi toda la obra del hombre de Mataderos. “Las crisis y el dolor tienen una prensa de mierda, pero son las cosas que mejor hacen. Hay terror al dolor, pero no se puede fugar para atrás. Hay que fugar hacia adelante, para no volver al punto en que estabas parado antes de la fuga”, redondea Gabo, inmerso en la entraña de su canción.

En lo global, Boca arriba –que se presenta hoy en el ND Ateneo, Paraguay 918– anida en la cuestión de la memoria. Inserto en la tradición de contar más que con música, Gabo se mueve, espejado –a veces inconsciente– entre Spinetta y Alejandro de Michele; entre Silvio Rodríguez y Miguel Abuelo; entre Pedro Aznar –que toca y canta en “Hay un dolor”, una de las canciones a estrenar– y algún Feliú. Es como todos ellos mezclados pero, lógico, pasados por un tamiz claramente personal. El es él y sus temas son suyos: la naturaleza, el amor, la libertad, la cultura (motores de sus discos anteriores) y ahora el recuerdo. “Si bien vengo atendiendo las mismas cuestiones de siempre, lo que se coló de una manera más o menos intencional fue el tema de la memoria. En realidad, desde que empecé a escribir el disco anterior (Amar, temer, partir), quería marcar un quiebre con lo que venía trabajando”, explica.

–¿Se refiere a la temática?

–Más bien a la identidad de las canciones, al hecho de ingresar al elenco raza-clase-género algo nuevo, y sin querer entró este tema. En cuanto a la producción, metí algo que yo manejo en vivo pero nunca había trabajado en el registro: el silencio. Un silencio trágico, un silencio que diga. Fue determinante el trabajo que hicimos con Haydée Schvartz sobre John Cage y su silencio, que por supuesto no es el mismo que el nuestro. La idea fue usarlo como un sonido. Que el silencio no sea la ausencia de un sonido, sino meterlo como si fuera un instrumento más.

Gabo insistió entre sus músicos (Claudio Lafalce y Rogelio Jara) para que no se les escapara un “puazo” de más, un golpe que pudiera interferir. “En general, el silencio genera incomodidad. Me di cuenta en los vivos: había momentos en los que me regodeaba en un silencio después de una frase, lo dejaba en tensión, y en un par de conciertos desaté algo. Un ‘¡cantá, por favor!’, un ‘bastaaa’… ambas situaciones hablan de un silencio trágico distinto de ese que sale cuando caminás solo por la calle. Aparte, es un lugar tierno, porque si yo en una letra digo A B C, más allá de algunas cosas subjetivas, estoy diciendo A B C, pero el silencio es algo que carga mil por mil al que escucha. Vaya a saber qué pasó en el silencio de esas personas que gritaban…, seguramente no era lo mismo que en el mío”, intuye.

–¿Por qué Boca arriba?

–En principio, porque quería cortar con la seguidilla de títulos largos (Canciones que un hombre no debería cantar, Todo lo sólido se desvanece en el aire, etc.), pero un día estaba viendo una pelea de box y el relator usaba la frase todo el tiempo. Yo veía esa posición como un estado de contemplación, tirado en el pasto y mirando el cielo, y sin embargo ahí era pura violencia. Quedar boca arriba sangrando después del KO. Es un título que me da la suficiente elasticidad para que cada quien cargue a su manera, desde un estado de contemplación hasta quedar hecho mierda de los golpes.

–Terminar una canción preguntando “A qué me abrazo cuando me abrazo” (“Me voy al suelo”) también es dejar que el otro la cargue a su manera…

–Es una canción trunca. No estaba pensada así, pero no tuve respuesta, y la dejé. Planteé la pregunta para ver si alguien tiene la respuesta. No creo (risas)…

El ex Porco no sólo realiza su visión microscópica sobre la realidad escupiendo canciones, también escribe libros. Envalentonado por los premios que ligó con su tesis de doctorado en Historia –Barbarie y Civilización: Sangre, monstruos y vampiros durante el segundo gobierno de Rosas (1835-1852)–, ahora va por otro, cuya temática radica en la cuestión de la degeneración en la constitución de la Nación. “Lo planteo desde tres lugares: la figura del degenerado en la escuela, durante 1880-1930; el degenerado dentro de la criminalidad, en la misma época; la teoría lombrosiana en la comedia del cine argentino de los ’40 y, un poco cerrando, la degeneración de Perón según la visión de los gorilas. O sea, entre comillas”, se ríe.

–¿Cómo hace para escribir tanto?

–Laburo, como todo el mundo. Lo que pasa es que hay como un invento de los músicos en general… la inspiración, lo eventual y lúdico que no se puede dar tantas veces al año, y eso. En mi caso hay laburo: es sentarse todos los días con la guitarra y trabajar. Además, tengo algo que padezco más que disfrutar: no paro de pensar. Vivo todo el tiempo con frases que me cruzan, cosas que me atraviesan el bocho, y eso me lleva a escribir todo el tiempo.

–Heidegger, por tomar un caso paradigmático, se quedó sin palabras para concluir su obra. ¿Teme algo parecido?

–No sé si tanto (risas), pero la palabra ya no me sirve para nada. No le creo a nadie nada de lo que me diga. Sólo creo en lo que haga, porque estoy podrido de tanta promesa incumplida, desde la praxis político-partidaria hasta la vida misma. Desde el “te amo” facilongo hasta el “yo nunca voy a hacer esto”. No sólo fracasaron la ciencia y el progreso indefinido, sino también el idioma. No es una visión pesimista, es hacerse cargo de ese fracaso y hacer algo. O al menos estar advertidos de que esto sucede.

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