OSVALDO BAYER Y GABO FERRO FUERON PARTE DEL CICLO INCONCLUSO

Aquello que quedó pendiente

El escritor repasó la historia de una versión fílmica nunca realizada de Severino Di Giovanni y del final original de La Patagonia Rebelde; el cantautor e historiador habló de sus investigaciones sobre teorías criminalísticas.

Por Facundo García

Lo que no acabó, lo interrumpido, lo pendiente: así como podría definirse a las personas por lo que consiguieron, está la opción de trazarles un retrato a partir de lo que no llegaron a terminar. Claro que, desde la búsqueda de lo absoluto hasta la identificación del coitus interruptus como pecado, Occidente ha desarrollado una profunda aversión hacia lo que no tiene un cierre. En ir contra esa tradición reside uno de los méritos del ciclo Inconcluso, que se presenta los miércoles a las 19 y con entrada gratuita en el Centro Cultural de España en Buenos Aires (CCEBA, Paraná 1159). Esta vez los organizadores –Sebastián Meschengieser y el cronista del Suplemento NO Federico Lisica– invitaron a confesar sus sueños truncos a dos tipos muy diferentes entre sí. ¿Qué tiene en común el final de La Patagonia Rebelde que Osvaldo Bayer no pudo plasmar en el cine con las investigaciones sobre teorías criminalísticas que ocupan al cantautor y también historiador Gabo Ferro? Mucho más de lo que parece, según se demostró en una charla que resultó ser una experiencia reveladora.

Ferro abrió el juego. Una leyenda que ni siquiera él se ha ocupado de refutar asegura que alguna vez abandonó la música en pleno recital, para retomar esa carrera mucho más tarde, tras integrarse a la vida académica. Así que nadie sabe quién es en el fondo ese barbeta certero en las palabras. El proyecto inconcluso que presentó, por otra parte, alimentó ese misterio. Expuso una investigación sobre “lo degenerado”, nada menos. “La idea me terminó de entusiasmar cuando hace un par de años Juan Carlos Blumberg salió a denunciar que los estudiantes de las facultades de Filosofía y Letras, Agronomía y Veterinaria ‘eran todos una manga de degenerados’”, rememoró. “La cosa no terminó ahí, porque pronto el querido Gregorio Klimovsky aclaró que, más allá de las diferencias políticas que pudiera tener, los alumnos de esas instituciones ‘no eran degenerados’.”

El artista añadió que lo que de-senmarañó aquel ovillo inicial fue “un término salido de la medicina, que paulatinamente había impregnado otros campos en una época en la que los médicos estaban muy relacionados con el mundillo de la política”. El núcleo de ese discurso señalaba, siguiendo las teorías del médico italiano Cesare Lombroso, que existían ciertos rasgos físicos por los que se podía identificar de antemano a un criminal. El cantautor exhibió diversos recortes de época y señaló que había revisado tesis universitarias. Y por más que todavía no consiguió redondear una conclusión que proyecte luz sobre lo actual, en el camino se cruzó con joyas como un panfleto de los ’50 que intentaba desentrañar la identidad de Perón a partir de su porte. El supuesto informe decía: “En este tipo de delincuentes, tales rasgos fisonómicos están acompañados por un físico de talla habitualmente pesada y por el excesivo desarrollo feminoide del tronco respecto de los miembros superiores e intermedios. Entre sus estados anímicos son típicos la insensibilidad ante todo imperativo moral (pero muy sensible al dolor físico y al peligro personal). Débil para la amistad y el amor; ama a la orgía pero no a la mujer, simple súcuba instrumentadora de sus móviles ilícitos”.

Divertido, Bayer tomó la posta. Con la voz tranquila de quien ha conseguido mucho, glosó el conjunto de eventos que lo llevaron a escribir su primer libro, Severino Di Giovanni, “que en realidad estuvo pensado como una posible película desde siempre”. Entre exilios y persecuciones, el film sobre el anarquista quedó en el arcón de lo pendiente. Ahí descansa todavía, aunque cada tanto revolotean a su alrededor un par de ilusiones. “En su momento se había acercado Leonardo Favio. Me llamaba en esos horarios que tiene él, a eso de las tres de la mañana. ‘Venite que ya tengo la escena del fusilamiento’, me insistía. Resulta que la escena del fusilamiento duraba dos horas y media, los cadáveres iban cayendo en cámara lenta… y yo a esa hora me dormía.” El libertario aseguró que dieciséis años después de aquellos primeros contactos leyó en un diario que el director de Nazareno Cruz admitía haber hecho una segunda lectura de Severino “que lo había llevado a decidirse por rodar la biografía de Gatica”. “Claro, era más fácil. Hace tres meses me llamó de nuevo. Acababa de presentar Aniceto, que lo confirma como un verdadero poeta de la imagen, así que me entusiasmé. Me comentó que nos íbamos a juntar en unos días para volver sobre aquello. Todavía lo estoy esperando”, se rió.

Pocos saben que otra cuenta pendiente de don Osvaldo tiene que ver con el último tramo de La Patagonia Rebelde. Mientras se efectuaba el rodaje –corría 1974– el equipo recibió la “visita” del ejército, que les informó que si se mantenía el final que estaba en el guión, el estreno se suspendía. “Me enojé y quise abandonar, aunque se me ocurrió concluir con la fiesta donde los estancieros británicos agradecen al teniente coronel Héctor Benigno Varela el ‘haber cumplido con su deber’”, señaló Bayer. Desde luego, el final “perdido” es diferente. Relata lo que pasó una vez terminados los fusilamientos, cuando los soldados quisieron ir a descansar al prostíbulo La Catalana de San Julián, en Santa Cruz. Según consta en los archivos policiales, el 17 de febrero de 1922 las cinco pupilas de aquella casa de citas se negaron a tener trato con los militares, gritándoles en la cara que eran unos asesinos. El hombre que las rescató del olvido las mencionó respetuosamente. Consuelo García, Angela Fortunato, Amalia Rodríguez, María Juliache y Maud Foster estarán esperando aún el reconocimiento definitivo, pero al menos por una tarde emocionaron a quienes escuchaban los ecos de su valentía.

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